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Lunes.

'Prometo no volver a creer en ti, ni en todas tus promesas.'

Recuerdo que me levanté un lunes y tú estabas en mi cocina, vuelto de espaldas y con la radio puesta. Podría haber sido una escena perfecta de mi película favorita. Y me acerqué hasta ti, con pasos sigilosos y me agarré a tu cintura (quizás porque la fuerza de la gravedad podía tirarme en cualquier momento al suelo, sólo con mirarte los lunares de la espalda). Noté cómo sonreías, siempre lo notaba. Tu espalda se curvaba y tus mejillas se hinchaban. Además soltabas aquel ruidito del que siempre me reía. Te giraste y tus ojos me sostuvieron por un instante. Para después tirarme al suelo con aquellas tres palabras.
Nos sentamos. Yo en la mesa de madera que ocupaba el centro de la cocina y tú en la encimera. Te pusiste serio, y me parece recordar que era la primera vez que te veía así.
No gritamos, en ningún momento. Simplemente hundí mi cabeza en mis manos mientras tú te calzabas tus zapatos y me susurrabas una disculpa.
‘No lo sientes’, intenté decirte. Pero lo único que salía de mí en ese momento eran lágrimas a borbotones por los ojos. El sonido de la puerta me hizo despertar, porque aquello no era un sueño.
El olor a café recién hecho me acompañó durante toda mañana y eso era lo peor, me recordaba aún más a ti y a tu manía de echarle cinco cucharadas de azúcar a las tazas de café (y yo discutía contigo, porque le quitabas su sabor amargo de por sí)
Aquel lunes, mi corazón dejo de latir, en un sentido figurado, claramente.
Desde aquel día, los lunes eran el día más odiado.

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