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Martes.

'Ojalá fuera humo', pensé. 'Y tú el cigarro que se consume.'
El humo de mi cigarro subía hasta llegar al techo, y una vez allí desaparecía sin dejar rastro. ‘Ojalá fuera humo’, pensé.
Aquel martes amaneció con una lluvia poco habitual de aquellos meses y no tenía ganas de levantarme de la cama, así que cerré los ojos un instante, y fue lo peor que pude hacer. Me vinieron a la cabeza tus mejillas repletas de pecas, tus ojos verdes y tus labios rosados.
Me incorporé y cogí el teléfono; no esperaba tu llamada. Sabía perfectamente que para ti ya no era nada, y ahí estaba el problema. Me decidí a marcar las nueve cifras que quizás me fastidiaran aún más la vida.
Comunicando.
Comunicando.
Y seguía comunicando.
Entonces saltó el contestador.
Y ahí decidí romperme aún más el corazón.
‘Me has destrozado de todas las maneras que se puede destrozar a una persona.’
Y colgué.
No necesitaba recordar aún más aquel desastre del que formaban parte tus lunares. Porque, ¿a quién le importaba ya?
Aquel martes mi corazón se quebró un poquito más, y mis pulmones.

‘Ojalá fuera humo’, pensé. ‘Y ojalá tú fueras el cigarro que se consume.’

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