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1:07.

ad nocendum potentes sumus.
Veréis, nunca conté que podía quedarme tumbada con él durante horas, respirando su mismo aire. Y nunca admitiré que aquello me gustaba. Que me encantaba la manera en la que acariciaba mi pelo y me permitía descansar durante unas cuantas horas. Que me susurraba lo mucho que le gustaba y las ganas que tenía de besarme, cuando estaba enfadada.
Y me reafirmo cuando digo que nunca admitiré cuanto me gustaba.
Y entonces le regalé una llave junto con una nota; ya sabéis que abría aquella llave. Le dije que no lo rompiera, que era delicado. Pero entonces pasó, y podéis imaginar el desastre.
Por eso, aquella noche volví a tumbarme en la cama, esta vez sola, para no respirar lo que él respiraba.
Y así no envenenarme.

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